Tarjeta Rechazada. Ese fue el rancio mensaje que apareció en la pantalla del datáfono de la tienda de Yves Saint Laurent en Milán, tras recibir entre sus bandas la tarjeta negra de American Express con el sello de empleados de Lehman Brothers de Rose Tibman, la esposa del banquero de inversión Joe Tibman, el viernes 12 de Septiembre del año pasado. Indignada por la pena social que visitó su ser en esos momentos, Rose llamó a su esposo en Nueva York para solicitarle explicaciones por la bochornosa situación que acababa de vivir mientras iba de compras con algunas amigas que pertenecían a la burguesía financiera europea. La vergüenza, en un medio social tan competido y superficial, no estaba dentro del abanico de posibilidades. El error era penalizado con la exclusión y Rose no soportaría estar por fuera del ambiente donde siempre se había desenvuelto. Al contestar, Joe tenía una voz extraña. Siempre solía levantar la bocina y responder con una voz afanada por los volátiles vientos de los mercados financieros internacionales y todos los recovecos del día a día de un financiero. Esta vez, su voz transmitía algo diferente. Ya no era afán, era desdén. Los vientos de los mercados internacionales ya no sólo eran volátiles, sino también desoladores. Además, su mensaje era claro: Nos jodimos. La compañía va a aplicar al capítulo de liquidación y las acciones que tenemos ahora valen mierda. Ahora ya sabes por qué rechazaron tu tarjeta. Después, lo único que se escuchaba era el impersonal sonido que determinaba el fin de la llamada. Pero para Rose era suficiente: No habría más compras lujosas hasta una nueva orden, pues el cupo de sus tarjetas de crédito estaba estrictamente correlacionadas con el valor del patrimonio de su familia, que en general, estaba invertido en acciones de Lehman Brothers, que ahora valían, literalmente, mierda.
Pero ¿qué había pasado? Hace tan sólo unos meses había escuchado hablar a Joe con algunos amigos que conoció en una Ivy League donde cursó su título de financiero sobre la fortaleza de su compañía, donde había trabajado por más de 40 años. Era Lehman Brothers: Siempre pasaban de morder el polvo del fracaso a nuevos máximos en su historia corporativa. Habían crecido exponencialmente en los últimos años y sus altos ejecutivos habían tenido compensaciones que sólo generaban oprobiosas miradas de la gente ordinaria. Entonces si Joe hacía parte de una raza corporativa invencible, ¿qué había pasado? Intrigada por descubrir los orígenes de su ruina, Rose fue a su hotel y lo contempló con nostalgia. Probablemente era la última vez que sus ojos lo verían, que su piel lo sentiría y que su paladar se deleitaría con las ligeras delicias de la comida mediterránea. Respiró hondo y mientras caminaba hacia su habitación para prender la televisión e informarse, empezaba a imaginarse su nueva vida: Clase económica en los viajes, compras en las épocas de descuento en Wal-Mart, tarjetas de crédito comunes, y hoteles de motoristas. Todo un infierno. Apenas entró a su habitación, encendió el televisor y buscó el canal de noticias financieras preferido de su esposo. Sólo se veían números rojos por todos lados. Miles de letreros iban y venían. Las palabras tormenta, catastrofe, pérdidas, créditos no pagos, riesgos excesivos, quiebra, etc eran irritantemente comunes. Entonces Rose comprendió que no era la única que estaba en esa situación. No era la única que tendría que pasar del Principe de Savoia Milano al Red Carpet Inn cerca de una playa pública en las vacaciones, si es que alguna vez volvería a disfrutar de un receso por fuera de su casa. Pero también pensó en las demás personas, las que perdieron todo: Su casa y su trabajo. Al menos ella tenía un techo donde dormir. Y entonces se dió cuenta que la suya era la menos trágica de las tragedias.
Nota: Esta es una crónica ficticia. Tiene exageraciones financieras, aunque parte de algunas observaciones se basan en The Murder of Lehman Brothers, de Joseph Tibman. El nombre es una coincidencia. La historia nada tiene que ver con la vida real del autor.
1 opiniones:
Simplemente genial, es una lástima que mary no lo haya recogido.
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