Los salarios en David Ricardo: extravíos e interpretaciones.



Los planteamientos de David Ricardo, inclusive casi doscientos años después de ser publicados, siguen generando controversia y debate entre los teóricos de la economía. En particular, diferentes interpretaciones sobre su concepción de los salarios y la pregunta sobre la integrabilidad de sus construcciones a un marco de trabajo neoclásico han sido puntos esenciales de una discusión que parece no terminar. Este ensayo busca señalar algunos extravíos de estos últimos desarrollos y presentar algunas soluciones que se han propuesto para hacer frente a los problemas que han surgido de esta controversia. Para ello, se resumirán con brevedad algunas contribuciones sobre teorías de los salarios que fueron relevantes en el siglo XVIII, se presentará la propuesta de Ricardo, sus nuevas interpretaciones y algunas debilidades de estas. 


Antecedentes 

Según Stirati (1994), el análisis de los temas concernientes a los salarios estuvo, hasta la publicación de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, más concentrado en temas de política económica –tales como los efectos nocivos de salarios elevados sobre las exportaciones o la productividad de los obreros– que en intentos por encontrar los determinantes de la remuneración a los trabajadores a través del tiempo y en diferentes lugares del planeta. Este énfasis no implica, sin embargo, que no existieran algunos intentos por explicar el pago obrero. En concreto, y como afirma Stirati, resulta claro que en Cantillón y Petty, por ejemplo, se encuentran apartados que sugieren el papel esencial de elementos de carácter consuetudinario en la definición de la remuneración salarial necesaria para la subsistencia de los asalariados y sus familias. Esto puede notarse en Cantillón (1755), cuando afirma que “[…]. En algunas provincias del sur de Francia, el peón se mantiene con el producto de una y media acres de tierra […]. Pero en el Condado de Middlesex el peón usualmente gasta la producción de entre 5 y 8 acres de tierra […].” (Traducción propia). De esta manera, resulta que en estos autores se identifica una conexión entre el nivel de los salarios en un período histórico y lugar espacial particular con los hábitos y costumbres propios de ese momento. Así pues, es evidente que estos pagos pueden variar en el tiempo y de país a país, así como dentro un mismo país. 

Por otra parte, y derivado de lo mencionado en el párrafo anterior, es importante mencionar algunos de los puntos más relevantes de la propuesta teórica de Adam Smith sobre el tópico salarial. En primer lugar, resulta que fue el primero en proponer el esquema de precios duales para los pagos que reciben los trabajadores. Puesto de otra manera, una innovación presente en La Riqueza de las Naciones fue sugerir que los salarios tenían una versión natural y otra corriente, siendo esta última el resultado de desviaciones accidentales de los primeros. Según Stirati (1994) este esquema, si bien ya había sido propuesto por Cantillón para los precios de las mercancías, no había sido introducido en el mercado de trabajo. En segunda instancia, y en lo que se refiere a lo que determina los salarios naturales, definidos como la tasa ordinaria o promedio que es pagada a los asalariados, Smith se inclina por el contexto institucional en el que se desarrollan las negociaciones salariales entre empleados y empleadores y el estado de las riquezas de la nación. En relación al primer elemento, Smith (1776) sugiere que los salarios corrientes “dependen de los contratos hechos entre ambas partes cuyos intereses de ninguna manera son los mismos. El trabajador desea tanto como puede, el empleador tan poco como sea posible. Los primeros están dispuestos a combinarse para subir el precio del trabajo, mientras que los últimos para bajarlo.” (Traducción propia). Dado que este proceso de negociación no es simétrico en términos de poder, pues como lo plantea Smith “[…]. Muchos trabajadores no podrían subsistir una semana, pocos un mes y si acaso escasos un año sin empleo.” (Traducción propia), el salario natural tiende a situarse en el nivel más bajo posible –que no es otro que el de subsistencia, aquel necesario para sostener al trabajador y a su familia. Esta tendencia se ve reforzada, además, por la mayor facilidad relativa que tienen los empleadores para agruparse y negociar con los muchos, dispersos y débilmente organizados trabajadores[1]. Por otra parte, y en lo que es concerniente al segundo elemento que determina los salarios naturales, las sociedades con mayores (menores) niveles de acumulación de riquezas deberían observar salarios naturales más elevados (bajos) en la medida de que la posición de negociación de los trabajadores mejora (empeora) al hacerse más escasa (abundante) la mano de obra.[2]

Así pues, es claro que elementos institucionales, sociales y customarios fueron esenciales en la elaboración de construcciones y apuntes teóricos sobre los salarios de los economistas previos a David Ricardo. 

El salario ricardiano 

De forma análoga a Adam Smith, Ricardo propone que los pagos a los trabajadores tienen un precio natural y un precio de mercado. Esto puede notarse en el inicio del capítulo salarial de Principios de Economía Política y Tributación cuando Ricardo (1821) cuando afirma que “La mano de obra, al igual que las demás cosas que se compran y se venden, y que pueden aumentar o disminuir en cantidad, tiene su precio natural y su precio de mercado. El precio natural de la mano de obra es el precio necesario que permite a los trabajadores, uno con otro, subsistir y perpetuar su raza, sin incremento ni disminución.”. El determinante principal de este último, a diferencia de los precios naturales de los demás bienes mercantiles en la economía ricardiana, no era el trabajo equivalente que había detrás de su elaboración pues, como es evidente, el trabajo no puede determinar el trabajo. Puesto de otra forma, es difícil justificar -inclusive hoy en día, con los avances de la ciencia occidental- que existen fábricas donde se produce mano de obra[3] y, a partir del trabajo equivalente que requiere su producción, se pueda determinar su precio –es decir, el salario. Para evitar esta aporía teórica, David Ricardo sugirió tratar la remuneración salarial, en su dimensión natural, de una manera diferente a la de los precios de las otras mercancías que se transan en los mercados. De esta manera, propone que el nivel natural de los salarios está asociado al valor real de un paquete mínimo de consumo, definido de forma consuetudinaria y que, en consecuencia, puede variar. Esto es claro cuando Ricardo (1821) sugirió que los salarios naturales “[…]. En un mismo país varía en distintas épocas, y difiere cuantiosamente de un país a otro. Depende esencialmente de los hábitos y costumbres de la gente.”. 

Por otra parte, el salario de mercado se define como aquel que efectivamente se paga a los trabajadores por su labor. En la medida en que Ricardo estaba de acuerdo con el esquema de la gravitación universal[4] propuesto por Cantillón y Smith, este debe tender hacia su par natural. A diferencia de sus antecesores, sin embargo, David Ricardo propuso algunos mecanismos de ajuste que permitirían la convergencia entre ambos tipos de salarios. Según Stirati (1994), estos son fundamentalmente de oferta –es decir, la demanda de trabajo no aparece como un factor determinante a la hora de asegurar el cumplimiento de la gravitación- y de dos tipos: un primero, que se refiere a los ajustes del salario natural tras los cambios en los precios de mercado de los bienes que forman la canasta y un segundo, que consiste en ajustes poblacionales que modifican el salario de mercado en la medida en que estos afectan la relación entre población y empleo en el largo plazo. Estas propuestas, sin embargo, no han estado exentas de críticas. En concreto, Stirati sugiere que no existe claridad sobre la motivación que existe para que los cambios en los precios de los bienes de la canasta se reflejen de forma inmediata en el valor de la canasta misma –es decir, que los trabajadores no pierdan poder de compra real de forma inmediata. Adicionalmente, los cambios en los precios de estos bienes pueden ser accidentales por lo que tampoco es evidente que esta forma de ajuste permita que, a lo largo del tiempo, la diferencia entre los salarios naturales y los de mercado se minimice. 

Derivado de los inconvenientes planteados anteriormente, resulta que la gravitación terminará dependiendo del segundo aparato de ajuste: la población. Esta opción, sin embargo, es también problemática pues –entonces- la convergencia de los dos tipos de salarios dependerá de un elemento que es de difícil variación: a diferencia de lo que sucede con todos los demás bienes de la economía mercantil, que se pueden producir o retirar del mercado de forma relativamente rápida y siempre con el sustento conceptual de la maximización de utilidades, la mano de obra no puede producirse con la raudez necesaria para que se convierta en un mecanismo de convergencia sistemático entre los diferentes tipos de salarios. Este problema no se presenta, por ejemplo, en Smith pues si bien se recoge a la población, su magnitud y, consecuentemente, su poder de negociación frente a los empleadores, el rol que juega no es el de mecanismo de ajuste sino de determinante del salario natural sobre el cual se debe gravitar. Así pues, en la utilización de los cambios poblacionales como herramienta de convergencia de los diferentes tipos de remuneraciones salariales yace uno de los pecados ricardianos. Como se verá más adelante, este no ha sido gratuito. 

Nuevas interpretaciones 

En las últimas décadas, y a partir de las discusiones planteadas en el acápite anterior de este ensayo, han surgido renovados análisis de la obra de David Ricardo. En particular, ha recibido especial atención la propuesta de integrar a la economía ricardiana dentro de un marco de trabajo neoclásico o, aunque sea, marginalista. Esto puede notarse en Hollander (1992) cuando, al discutir sobre la presencia de análisis de oferta y demanda dentro del trabajo de Ricardo, afirma que “Existe una tradición que sugiere que la teoría de la demanda jugó un rol pequeño, si es que alguno, en el análisis ricardiano. Nada podría estar más lejos de la verdad.” (Traducción propia). En la dimensión salarial de esta discusión, esta postura emergente se ha manifestado a través de la propuesta de endogeneizar el salario, que resultaría de la interacción de las curvas de oferta y demanda de trabajo de largo plazo y del mecanismo descrito en el pecado ricardiano del acápite anterior. Esto es claro cuando Hollander (1982) cita a Ricardo (1821) y su tesis de que el salario “será sólo suficiente para mantener a la población […]. Supongamos que las circunstancias del país son tales que los trabajadores más pobres son llamados no sólo a continuar su raza, pero a incrementarla; sus salarios deberían regularse de forma acorde. Pueden multiplicarse, si un impuesto les ha quitado una parte de sus salarios y los ha reducido a sus necesidades más escuetas?.” (Traducción propia) y sugiere que no podría existir una expresión más clara de una relación funcional entre la población y el nivel de salarios. 

Esta postura, como habría de esperarse, ha sido objeto de numerosas críticas. En primer lugar, y haciendo referencia al intento general de incorporar la economía ricardiana a un marco de trabajo marginalista, Roncaglia (1982) sugiere que el análisis económico de David Ricardo, como el de todos sus pares clásicos, parte de una concepción circular del sistema de producción y consumo que es sustancialmente diferente al unidireccional de insumos y bienes de consumo que ofrece el enfoque que hoy en día es preponderante. En particular, el proceso de producción, central en la economía de los clásicos, es, dentro del enfoque marginalista, apenas un medio que conecta las satisfacción de los gustos de los agentes con sus dotaciones iniciales de bienes escasos. Adicionalmente, un elemento teórico característico de la aproximación neoclásica es la presencia de agentes optimizadores –lo que se refleja, además, en la modelación y que permite la construcción de curvas funcionales de oferta y demanda– que brillan por su ausencia en los apuntes ricardianos. Así pues, y teniendo en cuenta estas diferencias primordiales, una integración de Ricardo a la economía neoclásica parecería, a lo menos, difícil. 

En segunda instancia, y volviendo al debate salarial, la propuesta de endogenización del salario a partir de curvas de oferta y demanda ha sido también polémica por varias razones: en primer lugar, hay evidencia que sugiere que Ricardo era fundamentalmente escéptico sobre el rol de la oferta y la demanda para explicar los fenómenos asociados a los precios naturales. Esto es evidente en Ricardo (1821) cuando sugiere que “Es el costo de la producción lo que en últimas regula el precio de los bienes y no, como se dice usualmente, la proporción entre oferta y demanda: la proporción entre oferta y demanda podría, incluso, por algún tiempo, afectar el valor de mercado de un bien, hasta que este sea suministrado en mayor o menor abundancia, de acuerdo a cómo haya incrementado o disminuido la demanda; pero este efecto será solo de temporaria duración”. (Traducción propia). Teniendo esto en cuenta y contando con la existencia de la canasta, el papel de elementos de oferta y demanda en el salario natural de Ricardo parece, a lo menos, elusivo. Adicionalmente, en la nueva interpretación que aquí se ha presentado, hay explícitas relaciones funcionales entre población y salarios que en ningún caso fueron expuestas por David Ricardo. En este sentido, Hollander (1995) ha admitido que no reclama que Ricardo haya puesto en claro algunos puntos que él sugiere, pero que estos puntos –dentro de ellos la relación funcional clara entre el salario natural y la población- no son lógicamente incompatibles con lo que ha escrito David Ricardo. Así pues, y como lo sugiere Roncaglia (1982a), estas confesiones son relevantes en la medida en que confirma que esos elementos no están presentes en Ricardo. Esto lleva, de forma inevitable, a pensar que las interpretaciones de Hollander no serían otra cosa más que -en el mejor de los casos- actos de fe y -en el peor- imposiciones descaradas. Ya, varias décadas luego de la publicación de Principios de Economía Política y Tributación y un par de años antes de que Hollander recibiera su título doctoral, Piero Sraffa (1966) se encargaría de endogenizar el salario dentro de un sistema de ecuaciones que describiría un esquema de producción circular y de excedentes, coherente con el marco analítico que utilizó David Ricardo y sin tener que recurrir a violencias filológicas. 

Lo problemático de este asunto es, en todo caso, que las atribuciones que se le imponen arbitrariamente al pensamiento ricardiano no son menores pues, como es claro en la endogenización del salario y la consecuente eliminación de elementos sociales y consuetudinarios en su determinación natural, cambian la estructura del mismo y, por esta vía, distorsionan los avances y retrocesos de la escuela clásica. 

Conclusión 

Como se ha mostrado en este ensayo, la teoría de los salarios de David Ricardo recogió elementos importantes de sus predecesores, tales como la existencia de una remuneración natural y la relevancia de aspectos de carácter institucional y consuetudinario para su determinación. Esto no implica, sin embargo, que la propuesta teórica recogida en Principios de Economía y Tributación haya estado exenta de aportes al cánon de conocimiento ya existente. En particular, el intento por describir mecanismos de ajuste que permitirían la gravitación del salario de mercado entorno al natural fue una innovación que, aunque imperfecta, permitió que se abriera un nuevo frente de discusión y de investigación. En este desarrollo, sin embargo, han aparecido nuevas interpretaciones que forzan las propuestas de Ricardo dentro de un marco de trabajo neoclásico o marginalista. Como se ha dispuesto en este ensayo, este intento es un extravío pues la estructura analítica ricardiana es fundamentalmente diferente a la preponderante y, al final del día, los elementos usados para justificar su integración no están presentes de forma explícita en el pensamiento económico de David Ricardo. Resulta así, que esta imposición es, por su naturaleza distorsiva, dañina para el análisis de la contribución de Ricardo a la escuela clásica y, en consecuencia, para el desarrollo del análisis económico mismo. 


Bibliografía
Cantillón, R. (1755). Essai sur la Nature du Commerce en Général (1964 ed.) (H. Higgs, Ed.). Nueva York: A. M. Kelley.

Hollander, S. (1982). A Reply. The Journal of Post Keynesian Economics, 4(3), primavera, 360-372.

Hollander, S. (1992). Classical Economics. Toronto: University of Toronto Press.

Hollander, S. (1995). Ricardo, the new view. Londres: Routledge.

Ricardo, D. (1821). Principles of Political Economy and Taxation (P. Sraffa, Ed.). Cambridge: Cambridge University Press.

Ricardo, D. (1973). Principios de Economía Política y Tributación (P. Sraffa, Ed.). México: Fondo de Cultura Económica.

Roncaglia, A. (1982). Hollander's Ricardo. The Journal of Post Keynesian Economics, 4(3), primavera, 339-359.

Roncaglia, A. (1982). Rejoinder. The Journal of Post Keynesian Economics, 4(3), primavera, 373-375.

Smith, A. (1776). An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1976 ed., The Glasgow Edition of the Works and Correspondence of Adam Smith) (A. S. Skinner, W. B. Todd, & R. N. Campbell, Eds.). Oxford: Oxford University Press.

Stirati, A. (1994). The theory of wages in classical economics: A study of Adam Smith, David Ricardo, and their contemporaries (J. Hall, Trans.). Aldershot: E. Elgar.

Straffa, P. (1966). Producción de mercancias por medio de mercancias. Barcelona: Oikos Taus.

Notas al pie

[1] Otro punto relevante es la existencia de leyes que prohibían la agrupación de los trabajadores y afectaban, en consecuencia, su capacidad para hacer colusión y ganar poder de negociación.


[2] Una descripción más detallada de los argumentos de Smith en este particular pueden encontrarse en Smith (1776).


[3] Este asunto es especialmente claro en la economía capitalista. En otros tipos de economía, como la esclavista, es más difuso. Sin embargo, esa discusión está más allá del alcance de este ensayo.


[4] Ver Ricardo (1821) para notar que comparte la noción de gravitación propuesta por Cantillón y Smith.

Política, Estado y ciencia: nexos en Europa moderna.


Las narrativas modernas sobre la revolución científica, se han caracterizado por intentar esbozar un panorama en el cuál los grandes desarrollos de ciencia fueron el resultado de un esclarecedor proceso de hallazgo de la verdad. Caracterizado por ser cartesiano e individual, sería ajeno consideraciones de carácter social. Este ensayo buscará mostrar que esta posición es problemática por varias razones: en primer lugar, el surgimiento de las instituciones que marcarían el devenir de la ciencia moderna está condicionado, al menos de forma parcial, a un momento histórico de convulsión en Europa occidental. En segunda instancia, la concepción de esa misma institucionalidad estuvo acompañada por elementos de carácter político, filosófico y de poder que podrían haber matizado su desarrollo más adelante. Y, finalmente, existe evidencia que sugiere que la composición de la alta dirección de organismos como la Real Sociedad de Londres estaba sujeta, entre otras cosas, a eventos de carácter político.

El  contexto
Según Shapin (1996, pp. 123), la sociedad europea vivió durante siglos en un permanente estado de crisis. Las causas de la inestabilidad característica de este período, que iniciaría en la baja Edad Media e incluiría al siglo XVII, se encontrarían en la remarcable cantidad de eventos que tuvieron lugar en esta época. Estos llevarían al cuestionamiento de la legitimidad de las instituciones que habían regulado el comportamiento humano por centurias. Así pues, el surgimiento de naciones-Estado, el descubrimiento del Nuevo Mundo, la invención de la imprenta y la reforma protestante; habrían sucedido en un período de tiempo tan corto que no permitirían que el establecimiento se adaptara.

La tensión entre el orden social instituido y las nuevas tendencias derivadas de los eventos mencionados anteriormente también terminaría por abarcar y afectar a la ciencia: los viajes a América, afirma Nieto (2009), sembrarían cuestionamientos sobre la pertinencia del cánon de conocimiento de científicos clásicos como Plinio. Además, Shapin (1996, pp. 126) sostiene que el monopolio del clero y el gremio universitario sobre el estudio y la formulación de filosofía natural llegó a su fin, pues empezaron a surgir opciones diferentes de producir conocimiento. De esta manera, las cortes reales de la Europa continental -una consecuencia de la consolidación de las naciones-Estado- terminarían por emplear a científicos y especialistas en diversas materias para que trabajaran al servicio de los intereses de la corona y no de los de la iglesia[1].

La transformación en la manera de hacer ciencia, sin embargo, no terminaría allí. En particular, Shapin (1996, pp. 133) sostiene que uno de los rasgos que marcaría esta época sería la crisis de la universidad como el centro de conocimiento por excelencia. Esto se justificaría en que su estructura jerárquica y patriarcal se interpretaría como una herencia del establecimiento que estaba en crisis y como un obstáculo para el progreso del saber. Así pues, los egos de los profesores, sus discusiones marginadas del mundo experimental y de las necesidades de la sociedad civil, se constituirían en elementos que socavarían la reputación de las instituciones universitarias como centros para producir conocimiento. Esta crisis generaría, entonces, el espacio y los incentivos para el surgimiento de un concepto de institución diferente: las sociedades y las academias. Estas, que posteriormente se convertirían en el espacio donde la revolución científica tendría lugar, serían el reflejo de las aspiraciones sociales de la época. Esto no es otra cosa que decir que estudiarían hechos y no palabras. Tampoco replicarían irreflexivamente el cánon de filosofía natural existente, sino que experimentarían y construirían hechos que servirían a la sociedad civil[2].

Las sociedades científicas serían, entonces, un producto de su propio contexto histórico y una respuesta a la falencia del establecimiento para responder las demandas de conocimiento de la sociedad europea del siglo XVII.

El Estado y las sociedades científicas
Según Shapin (1996, pp. 130), el filósofo inglés Francis Bacon consideraba que existían dos razones que justificaban una relación estrecha entre conocimiento y Estado: en primer lugar, que este último renunciara a controlar al primero, implicaría que podrían aparecer tendencias de saber que cuestionaran su legitimidad misma. Y, en segunda instancia, la habilidad de las disciplinas científicas, debidamente organizadas y guíadas por un método adecuado, para encontrar y desarrollar técnicas para dominar el mundo natural sería –y es- enorme. Así pues, existía un fuerte llamado para la integración de la ciencia con las ramas del poder público. Esta concepción sería evidente en La Nueva Atlántida, obra del mismo Bacon, donde una civilización utópica contaría con una institución de ciencia financiada por las arcas públicas. Esta, la Casa de Salomón, no sólo administraría el conocimiento sino que también contaría con sabios dedicados a conocer las causas de las cosas para empoderar a la sociedad civil.

Como afirma Nieto (n.d.), la Real Sociedad de Londres tendría a Bacon como su filósofo de cabecera pues, aunque con algunas diferencias de la mítica Casa de Salomón, esta tendría un enfoque eminentemente práctico. Sin embargo, otras organizaciones continentales, como la Academia de la Experiencia de Florencia y la Real Academia de Ciencias de Paris, lograrían un nivel más elevado de integración con el Estado. Según Shapin (1996, pp. 131) la sociedad francesa habría recibido soporte público para comprar y desarrollar los instrumentos necesarios para llevar a cabo experimentos. Por otra parte, la sociedad italiana fue financiada desde el inicio por miembros de la real familia Medici quienes, según Beretta (2000), confiaban en la tradición experimental como un mecanismo para encontrar conocimiento con ventajas prácticas muy concretas. Adicionalmente, Beretta sugiere que esta misma confianza terminaría por sesgar la naturaleza del tipo de ciencia que se llevaría a cabo en esa organización: era necesario desarrollar herramientas y conocimiento que fueran útiles a los intereses políticos y sociales de la autoridad que permitía su existencia.

Así pues, elementos de carácter político y filosófico parecen haber sido claves a la hora de determinar la existencia y el rumbo inicial del tipo de ciencia que se desarrollaba en las instituciones científicas de la Europa moderna.
El poder político y la evolución de las sociedades científicas
Existe evidencia que sugiere que eventos de turbulencia política se trasladaban, al menos eventualmente, a la Real Sociedad de Londres a través de la recomposición de sus directivas: Según Mulligan & Mulligan (1981), uno de los cargos más poderosos dentro de la jóven Real Sociedad de Londres era el de Secretario: aquellos que lo ocuparon, a través de la coordinación de las prácticas y el control de correspondencia, tendrían una influencia remarcable sobre el destino de la organización. Estos determinarían qué individuos serían aceptados como miembros y el tipo de prácticas que se llevarían a cabo en la institución. Esta posición de liderazgo sería, entonces, clave para estudiar el devenir de la que sería la sociedad científica más importante del mundo por varios siglos. Según Shapin (1994) la preferencia por caballeros[3] para membresías notables sería marcada. Sin embargo, el análisis de Miller (1998) propone que la dinámica de la alta dirección de la institución podría encontrar explicación, además, en elementos de cultura intra-organizacional y de política: en el siglo XVIII, por ejemplo, se asocian varios cambios de jefatura de la Real Sociedad de Londres con períodos de crisis en el gobierno y turbulencia política en general.

Cabe concluir, entonces, que puestos relevantes en la sociedad de ciencia más importante del planeta -cuya influencia sobre el tipo de prácticas que marcarían el desarrollo de conocimiento posterior está probada- fueron sujetos de consideraciones de carácter político. Esto, entonces, pudo haber sesgado hacia horizontes particualres su desarrollo y, en consecuencia, el tipo de ciencia que patrocinó.

Conclusión
En las narrativas modernas sobre la revolución científica parece predominar una visión cartesiana sobre la naturaleza de las transformaciones que tuvieron lugar en el siglo XVII. Como se ha expuesto en este ensayo, este enfoque puede estar equivocado pues ignora consideraciones de carácter social que determinaron, al menos de forma parcial, el rumbo de los procesos de generación conocimiento. Así pues, el contexto en que surgieron las sociedades y academias, así como su relación con el Estado y la política, son demasiado relevantes como para ser ignorados. Una historia que los incluya en su construcción y que determine con mayor claridad su rol es necesaria.

Bibliografía
Beretta, M. (2000). At the source of Western science: The organization of experimentalism at the Accademia del Cimento (1657-1667). Notes and Records of the Royal Society, 54(2), 131-151.
Miller, D. P. (1998). The ‘Hardwicke circle’: The Whig supremacy and its demise in the 18th-century Royal Society. Notes and Records of the Royal Society, 52(1), 73-91.
Mulligan, L., & Mulligan, G. (1981). Reconstructing Restoration Science: Styles of Leadership and Social Composition of the Early Royal Society. Social Studies of Science, 11(3), 327-364.
Nieto, M. (2009). Ciencia, Imperio, Modernidad y Eurocentrismo: El mundo Atlántico del siglo XVI y la comprensión del Nuevo Mundo. Historia Crítica, edición especial.
Nieto, M. (n.d.). Las sociedades científicas del siglo XVII y la tradición experimental. Historia De La Ciencia - Mauricio Nieto. Consultado en Noviembre 24, 2012, en http://historiadelaciencia-mnieto.uniandes.edu.co/pdf/SOCIEDADESCIENTIFICASDELSIGLO.pdf
Shapin, S. (1994). Who Was Robert Boyle? En A social history of truth: Civility and science in seventeenth-century England. Chicago: University of Chicago Press.
Shapin, S. (1996). The scientific revolution. Chicago, IL: University of Chicago Press.



[1] Esta separación es, también, una de las características de la edad moderna y consecuencia de los fenómenos ya mencionados.
[2] Este énfasis práctico es relevante pues implica una crítica al academicismo de las universidades y su desconexión con las necesidades del mundo fuera de los claustros.
[3] Una definición de lo que implicaba ser caballero en el siglo XVII puede encontrarse en Shapin (1994). En todo caso, es importante hacer énfasis en que no es el mismo caballero típico de la Edad Media.

La revolución científica y la península ibérica: buscando un rol.



Irrelevante. Así se podría caracterizar el rol que las narrativas contemporáneas sobre la revolución científica le han asignado a diferentes desarrollos históricos en la península ibérica. Como se pretende mostrar en este ensayo, esto parece ser insostenible sin más: los viajes de exploración, las instituciones que aparecieron fundamentadas en estos y el momento histórico mismo de las relaciones de los reinos de España y Portugal con el resto de Europa sugieren que existen hechos relevantes que no han sido tenidos en cuenta para la construcción de una historia que explique el génesis de la ciencia moderna. Para sustentar esta posición, se expondrá cómo lo encontrado en el Nuevo Mundo sería relevante para cuestionar algunos paradigmas del cánon de conocimiento clásico, cómo se enfrentó la necesidad derivada de encontrar que el marco teórico de referencia utilizado no podía explicar algunos fenómenos y cómo pudo transmitirse esto al resto del continente europeo.

Los viajes
Decía Plinio que la vida en las zonas tórridas era imposible dada la cercanía de esta sección del planeta con el sol (López de Gómara & Gurría, 1979) y fue, paradójicamente, en esta misma zona donde Colón (2000) encontró la exuberancia que no habría visto antes. Esta tensión entre lo enunciado en los cánones clásicos de conocimiento y lo que encontrarían los exploradores ibéricos en sus viajes al Nuevo Mundo marcaría el derrotero de un nuevo conjunto de tareas para la ciencia europea. Nieto (2009, pp. 16-17) afirma que esta labor se llevó a cabo a través de la integración de la experiencia de los expedicionarios –entendida como una fuente legítima de saber- y lo paradigmático, previamente existente y heredado de la antiguedad. En otras palabras, el trabajo que le correspondió a los sabios de Europa fue el de aprehender lo nuevo e incorporarlo dentro del sistema previamente existente.

Una consecuencia del argumento anterior es que es difícil proponer una tesis que asocie estos viajes con los inicios de la revolución científica. Esto encuentra explicación en que los aportes realizados al canon de conocimiento fueron hechos en el marco propuesto por los científicos clásicos –es decir, no se prescindió de ellos- y el método empírico utilizado por los exploradores tampoco fue novedoso pues fue el mismo al que alguna vez recurrieron Aristóteles y tantos otros hombres de ciencia. Sin embargo, esta posición puede subestimar la capacidad de las experiencias para generar preguntas que persisten en el tiempo, especialmente si el sistema al cual se les intenta ajustar no es siempre el más eficiente a la hora de responderlas: La inconsistencia entre la realidad observada y lo que se sabía sobre el mundo antes de los viajes es evidente en las cavilaciones de De Acosta (2002). De esta manera, cabe preguntarse si no existió ningún tipo de actividad científica adicional a la de incorporar al sistema de conocimiento existente nuevos elementos en historia natural, pues la evidencia de incoherencias es bastante amplia. Como dice Barrera Osorio (2006) cuando analiza el contacto con los manatíes americanos: Si bien los autores clásicos tenían mucho que decir sobre las sirenas, nunca se imaginaron que pudieran ser masculinas. Entonces no sorprende, por ejemplo, que los naturalistas ibéricos consideraran a Plinio un simple recolector de curiosidades (Lupher, 2003).

Más allá del rol específico –de antecedente, como sugeriría Nieto (2009, pp. 18) o uno más activo, como el que busca este ensayo- que se le quiera asignar a los viajes de exploración en los procesos que terminarían en la revolución científica, parece claro que ignorarlos de entrada es un despropósito. Esta conclusión temprana es todavía más fuerte cuando se analiza la dinámica de las instituciones que se crearon a partir de la llegada de los europeos a las Indias Occidentales.

Las instituciones
Independientemente de las consideraciones planteadas anteriormente, es claro que la organización de todo el acervo de información que llegaba del Nuevo Mundo requería de un esfuerzo organizacional y técnico de proporciones considerables. Como lo afirma Nieto (2009, p. 16), la utilidad de miles de anécdotas sin estandarización ni códigos concretos de evaluación es limitada. Para enfrentar este problema, las Coronas de España y Portugal  crearon, respectivamente, la Casa de Contratación en Sevilla y la Casa da Mina en Lisboa. Estos establecimientos, además de encargarse de definir cómo debería ser organizada, procesada y difundida la información obtenida en la terra incognita, se convertirían también en grandes centros de  producción de conocimiento donde se diseñaban, probaban y calibraban distintos instrumentos de observación astronómica, así como de entrenamiento de navegantes calificados para utilizarlos y sacarles el máximo provecho. Adicionalmente y como consecuencia inmediata de lo anterior, serían claves para el desarrollo de proyectos que tendrían no sólo una importancia política capital –tal como el mapa padrón- sino también un profundo contenido de carácter científico, detrás del que no sólo habrían esfuerzos interdisciplinarios sino también intensos debates técnicos.

Como lo afirma Turnbull (1996), la Casa de Contratación y la Casa da Mina fueron los primeros centros donde se desarrolló un esfuerzo sistemático para integrar diversos fragmentos de conocimiento sobre el Nuevo Mundo. Así mismo este intento, en el marco de una agitada agenda de discusión técnico-científica, llevaría a que estas instituciones se consolidaran como los primeros cuerpos científicos de Europa pues, al final del día, representaban el tipo de espacio que hoy se reconoce como una condición necesaria para la producción de conocimiento de ciencia y tecnología. Además, como lo sustenta Turnbull, existe evidencia que soporta que los cálculos que se llevaban a cabo en las Casas eran de naturaleza latouriana, rasgo que caracteriza a los establecimientos científicos modernos.

Iberia en Europa
De poco servirían los puntos expuestos con antelación para el objeto de este ensayo, si no existe evidencia sobre algún tipo de intercambio de ideas entre los Reinos de España y Portugal y el resto de Europa. Nieto (2009, p. 19) sugiere que una evaluación definitiva sobre el papel que jugaron los viajes y las instituciones en la revolución científica, tiene que pasar por una revisión de la influencia intelectual de los saberes y dudas que se derivaron de estos sobre pensadores de otras naciones europeas. No obstante lo anterior, y ante la imposibilidad de llevar a cabo una investigación de tal magnitud en este trabajo, es posible explorar la dinámica de algunos aspectos de las relaciones entre la Iberia de finales del siglo XV y el resto del continente no peninsular con el fin de buscar alguna orientación sobre el asunto que ocupa este ensayo.

La relación de los países de la península ibérica con el resto de Europa, especialmente con la región anglosajona –que sería donde se desarrollaría la revolución científica-, a finales del siglo XV y a través del siglo XVI fue bastante fluida y dinámica. En particular, Bullón-Fernández (2007), en una revisión analítica de los intercambios culturales, diplomáticos y políticos entre España, Portugal e Inglaterra, concluye –contrario a lo que sería el consenso entre los historiadores por varias décadas- que estas naciones estaban lejos de estar aisladas entre sí: además de tener una larga historia de alianzas y matrimonios reales, hay evidencia que sugiere que existían relacionamientos económicos, intelectuales y literarios relevantes. Adicionalmente, Casado (2008) encuentra que las empresas comerciales castellanas desarrollaron durante los siglos XV y XVI una amplia red de información y mercadería que se extendía desde España hasta el Mar del Norte, siendo los puertos ubicados en los Países Bajos, Francia e Inglaterra los más importantes en todo el sistema. Así pues, sería a través de las terminales de estos países que fluiría parte relevante del comercio español. Este hecho es importante, especialmente cuando se tiene en cuenta a Cook (2007) cuando afirma que la consolidación de redes comerciales fue clave para el inicio de la revolución científica.

Dado lo anterior, parece claro que la península ibérica de mediados del milenio pasado estaba fuertemente interconectada con el resto de Europa. Este hecho es particularmente relevante si, como se hizo antes en este ensayo, se examina lo que estaba sucediendo en España y Portugal tras los viajes de exploración. No sería sorprendente, entonces, que ideas tan revolucionarias y cuestionamientos a los cánones clásicos de conocimiento viajaran paralelamente con las mercancías y utilizaran al comercio como una suerte de polinizador cultural. Sin embargo, este análisis no es concluyente en el sentido de que no queda demostrado que haya existido una influencia directa de la ciencia ibérica en la revolución científica. Sí es útil, no obstante lo anterior, para fortalecer la posición que sostiene que ignorar lo sucedido en los reinos peninsulares puede ser un craso error y una injusticia histórica.

Conclusión
En las narrativas sobre el génesis de la ciencia moderna, los países de la península ibérica brillan por su ausencia. Como se ha expuesto en este ensayo, esta omisión puede estar equivocada pues los viajes de exploración fueron importantes para empezar a generar cuestionamientos sobre la pertinencia del canon clásico de conocimientos y para la creación de las primeras instituciones científicas modernas del planeta. Todos estos desarrollos, enmarcados dentro de un contexto de profundos lazos de estas naciones con el resto del continente y en especial con los Países Bajos e Inglaterra, parecen demasiado relevantes como para ser ignorados. Una historia que los incluya en su construcción y que determine con claridad su rol es, pues, necesaria.

Bibliografía
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