Sobre Infanticidios y Maltratos

Gracias a los avances en materia judicial, hoy en día, más que antes, el infanticidio y el maltrato infantil son considerados crímenes. El rechazo que hace la sociedad ante estos hechos se ha consolidado en la ley. Sin embargo, aunque bien podría dictaminarse que todo aquel que comete infanticidio o maltrato infantil es una persona carente de toda moral, alguien indigno de cualquier aprobación social, la verdad es que el abuso cometido a los infantes ha sido más bien una constante en la historia de la sociedad colombiana y demás sociedades del mundo. Aunque judicializar a los criminales que abusan de sus hijos y de los hijos de otros exige considerarlos como sujetos indeseables, también es cierto que juzgar como inmoral al sujeto que golpea a sus hijos, o como el peor asesino de la historia al que manda asesinar a su propio hijo, podría ser el resultado de una falta de perspectiva, de un apasionamiento que tiene más fundamento en los temores y en las angustias de los padres y madres que lo censuran, que en un examen riguroso del maltrato infantil como constante socio-cultural de la humanidad.
Hasta hace menos de un siglo algunas mujeres preferían asesinar a sus hijos recién nacidos que abortarlos, por el riesgo que esto implicaba para su propia vida. Desde la edad media hasta hace menos de un siglo los hijos ilegítimos, de madres solteras o de prostitutas fueron asesinados de forma indirecta, no siendo ahogados o golpeados, sino siendo privados de alimento, abandonados o como víctimas de “accidentes” caseros. Las historias de abuso sexual consentidas por autoridades, sean religiosas o económicas, pueden llegar a ser todavía más perturbadoras. El maltrato parece no ser el resultado de las acciones de personas inmorales, carentes de un sentido de paternidad o de una decencia. La verdad, es que el maltrato y el infanticidio han sido más bien la norma que la excepción.
Esta realidad, sin lugar a dudas, pone a prueba todas las teorías o ideas preconcebidas que los ciudadanos pueden hacerse sobre la razón de ser de estos crímenes. Y más aún si los Estados de nuestros días exigen la completa “congruencia” entre las disposiciones legales y lo que realmente ocurre, para garantizar el orden y la consecución de los sueños de “igualdad” y “libertad”. A las problemáticas sociales nunca les ha faltado el sobre-diagnóstico. Las teorías sobre las familias “maltratadoras”, sobre la “psicopatía” familiar y sobre el efecto alienante de la pobreza y la desigualdad no se hacen esperar ante la incertidumbre de pertenecer a una sociedad “corruptora” e “insensible”.
No afirmo que no se deban penalizar los infanticidios o que el maltrato infantil no deba tener consecuencias legales, sino que la visión moralista es sobre-simplificadora, en el mejor de los casos, e ingenua, en la mayoría de los casos. Lo que realmente puede ser más preocupante es que la ingenuidad y la indignación moral van de la mano, junto con los incrementos en las tasas de actos violentos, los cuales, contradictoriamente, alimentan los ingresos de los medios de comunicación que hacen campañas mediáticas y también benefician a los políticos que direccionan toda la indignación moral y la búsqueda ingenua e inflexible de purificación a la sociedad hacia sus propias campañas políticas.
JFMO

1 comentario:

Luis Felipe Jaramillo dijo...

De acuerdo JF.

Lo que más me gusta es esa aproximación anti-moralista. Es tal vez, la más sensata. Y la más práctica, pues el primer paso para tratar de solucionar el problema es aceptarlo. Y después, encontrar caminos prácticos para tratar de "solucionarlo", no empezar a lanzar moralismos pendejos...e inútiles.

Saludos,

Luis Felipe