Una anécdota simpática: Mi maletero.

El pasado 6 de julio me encontraba de vuelta de unas vacaciones de verano en los Estados Unidos. La había pasado muy bien. Salí de Atlanta, la capital de Georgia, que alberga el aeropuerto más ocupado del mundo en términos de operaciones aéreas y cantidad de pasajeros transportados. Posteriormente, hice una escala en Fort Lauderdale, en Florida y de allí partiría para Bogotá. Todo transcurrió en orden: No tuve inconvenientes en coger los shuttles y cambiar de terminales en los aeropuertos. Tal vez la única experiencia desagradable fue cuando -por primera vez- un despectivo y desagradable funcionario del US Department of Homeland Security and Border Protection -uno de los jugueticos de la administración Bush después del 9/11- me estaba poniendo problemas porque mi pasabordo no tenía la puerta de embarque para Bogotá, que se expidió en Atlanta para hacer más ágiles y no tener que volver a los mostradores de Avianca o Delta. Sufrí un par de minutos por los caprichos de un burócrata malhumorado, pero bueno, todo se solucionó y pasé los demás filtros de seguridad sin inconvenientes. Tuve que esperar 6 horas, pero afortunadamente traía un buen libro y una tableta.

Pasado el tiempo, fue mi obligación dirigirme al mostrador de Avianca para que validaran mi pasabordo hacia Bogotá. 25 Minutos antes del abordaje ya todos estabamos esperando a que nos llamaran para ingresar al desarreglado Boeing 757. Mientras tanto, un viejo a mi lado me decía que a alguien se le había caído un papel. Creía que yo lo había botado y así me lo quiso decir, siendo que yo no había hecho tal. De todas maneras, con un poquito de civismo me agaché y lo recogí. El gran problema es que no habían canecas de basura cercanas y yo tenía un par de maletas dificiles de transportar por un terminal atiborrado de personas. Entonces yo miraba y miraba en todas las direcciones. Carambas!, no podía salir. Le pedí al señor que señaló el pequeño pedazo de nada en el piso que me las cuidara para buscar rápidamente donde echar el objeto mencionado. Su esposa, le renegó diciendo que ella no se hacía responsable por nada de eso. Entonces, yo -muy contrariado- por el típico comportamiento de señalar y no aportar nada, seguí mirando, hasta que un señor alto se me acercó y me dijo que el me las cuidaba. Le agradecí y rápidamente boté el papelito. Volví, las recogí y dí las gracias. Me quedé mirándolo por un par de minutos y me dije en mis adentros: Luis, a este lo has visto en algún lado. Se parece al vicepresidente.

Más tarde, nos llamaron a abordar y ví que el señor se había situado en la tacañísima primera clase de Avianca y tenía la Revista Semana de la liberación de Íngrid Betancourt entre las manos. Seguí a mi fila y tuve una charla con un colombiano de a pie, una persona que encarnaba la pesadilla de Diablerias, un no tan célebre comentarista del blog de Alejandro Peláez. El vuelo transcurrió normalmente y llegamos seguros a la capital colombiana.

Finalmente, mi mamá y mi mejor amigo me estaban esperando en el vetusto aeropuerto ElDorado. Me dijeron que Rafael Santos Calderón venía en el mismo avión de Fort Lauderdale. Y yo me dije: Caramba, ya recuerdo quién fue mi maletero.

2 comentarios:

juan farncisco muñoz dijo...

Bueno, parece que gracias a un santo pudiste arreglartelas. Pero creo que merecía una propina. Uno nunca sabe qué tan necesitado puede llegar a estar un santurron.

Luis Felipe Jaramillo dijo...

Definitivamente, tienes razón: debí darle una propina. Quien sabe, hasta de pronto me nombraba en el Consejo Editorial. jejeje.