El ascenso de los asiáticos

En la amplitud de los últimos siglos, la especie humana ha descubierto formas de satisfacer sus necesidades y mejorar su calidad de vida: Retretes de flujo, iPods y aires acondicionados. Todos símbolos de modernidad. Pero si hay algo en lo que los seres humanos han fallado, tal vez por su naturaleza de arte, es en encontrar la fórmula mágica para hacer buen cine. O por lo menos, se les ha olvidado, pues las últimas películas que tenemos los consumidores en carteleras son poco más que moscorrofios artísticos que no cumplen con su justa función de entretener a cabalidad. Pero a veces, los humanos inventan cosas que son útiles a fines diferentes para los que originalmente fueron concebidos. Por ejemplo, el descubrimiento de los rayos X y el Viagra fueron casualidades. Y tal vez, así mismo ocurra con las películas: Ante su inoperancia para distraer, tal vez puedan servir para muchas otras cosas. No sé qué función divertida le hayan encontrado los lectores (una excusa para no ir a alguna parte, el inicio del cortejo, etc…), pero hoy, cuando en medio de un desocupe enardecido me choqué con el filme El Núcleo, le encontré otra utilidad. La trama del rollo en mención la pego aquí, y es cortesía de este sitio :

El núcleo interior de la Tierra deja de rotar, por lo que el campo magnético terrestre empieza rápidamente a desaparecer. Una sucesión de extraños incidentes empieza a ocurrir, como la muerte de personas con marcapasos, o palomas perdiendo su orientación en una plaza. Supertormentas eléctricas destruyen el Coliseo de Roma y haces de microondas el Puente Colgante de San Francisco. La solución a la que llega el gobierno de Estados Unidos es enviar una supernavío al interior de la Tierra para denotar un dispositivo nuclear que restaure la rotación de la Tierra. A cargo van varios científicos estadounidenses y rusos.

Después de terminar de ver el esperpento por el que Caracol TV pagó varios dólares (y no sé porqué terminé de ver), recordé que hace pocos días me fui al cine con unos amigos a ver otro adefesio que tenía algo en común con lo que me topé, además de la ridiculez: El día que la tierra se detuvo, cuya trama se resume aquí.
El asunto es que tienen varias similitudes en la trama (el fin del mundo, el liderazgo de Estados Unidos para salvar a la especie, un reto gigantesco y algún toque rosa de enamoramiento). Pero la semejanza que más me llamó la atención es que siempre hay un grupo de científicos a cargo. En El Núcleo, son americanos y rusos los que tienen la misión de salvarnos a todos los terrestres. En El día que la tierra se detuvo, además de anglosajones, hay asiáticos y musulmanes. Y tal vez sin quererlo, los de Hollywood, en su ineficiencia para entretener, han dado para proyectar realidades: Del total de papers científicos publicados en todo el mundo, la participación asiática saltó de 16% en 1990 a 25% en el 2004. O de los 179.000 títulos doctorales en biología, ciencias físicas e ingeniería que de 1983 a 2003 se otorgaron en los Estados Unidos, más del 50% fueron para brillantes estudiantes asiáticos.
En últimas, tal vez el cine actual sea basura y no haya cumplido su labor ociosa. Pero si ha servido, probablemente como las telenovelas, para reflejar ciertas realidades sociales. Entre esas, el incontenible y rimbombante ascenso de Oriente en el mundo de la tecnología. Y la silenciosa y triste ausencia de América Latina en él...

4 comentarios:

juan francisco muñoz dijo...

de dónde sacaste esos datos?
Me gustaría revisar algunos, cual es tu fuente?

Luis Felipe Jaramillo dijo...

Juan Francisco,

Los datos los referencia el libro The New Asian Hemisphere del diplomático asiático Kishore Mahbubani.

Específicamente, el dato de los papers viene de un especial de la revista Time sobre ciencia y tecnología en Asia que se consigue aquí. El de los doctores graduados viene de un informe del Banco Mundial que está por acá.


El dato de los papers

juan francisco muñoz dijo...

otra preguntica
Cómo haces el hipervínculo?

Luis Felipe Jaramillo dijo...

JF,

Te respondo al correo.

Saludos,

Luis Felipe